SOPHIE
Como un juego perverso de piezas de encastre gastadas, diferentes, inexactas, entre cuerpos y noches sin fin, entre gemidos fingidos y pensamientos ocultos, surgía como un fénix eterno, Sophie. Muriendo y renaciendo; reencontrándolo y perdiéndose a cada paso.
YI HELADERÍA / FLORES ROJO [izquierda, amarillo] VERDE
Caminaba descuidadamente sobre la vereda húmeda todavía. Evitaba las baldosas flojas y se defendía –sin interés- del viento que subía desde el mar. Un CAFÉ: ¿Forma irresistible de refugio? ¿Necesidad de recogimiento? ¿De amparo? Todos las mesas de todos los cafés de todos los países que conocía eran iguales; todos los mozos (también ellos) eran iguales. El índice distintivo era la variación cromática (leve, generalmente). Comenzó a sentirse extrañamente incómodo ¿Cuándo la habría visto por última vez? [Un café bien cargado, por favor] ¿Cuándo la habría visto? [fuego…] Su mano palpó alternativamente sus bolsillos; repitió secuencias y se detuvo como un sabueso, en el pecho [encender el cigarrillo].
[El problema –pensaba- es que a la distancia todas las imágenes devienen en la memoria en calificativos, entonces todo es perfecto. ¿El primer amor? Perfecto, insuperable.. ¿El primer desastre (el Gran desastre)? Perfecto, también insuperable… ¿La mejor noche de amor? Perfecto (¿se dirá perfecto por “el hecho” o perfecta por “la noche”? da igual, perfecta/o… todo es perfecto/perfecta, a los ojos de un miope no se discriminan detalles. Oh! Santa perfección de nosotros, imperfectos. Solo nos falta algo de pelo para monos y sin embargo seguimos creyendo en la perfección ¿en la perfección de qué? ¿cuál? Oscuro deseo móvil que se instala desde nuestra necesidad y nos empuja como máquinas (nos empuja) como brutos (nos empuja) como hormigas minúsculas (nos empuja) como un dios caprichoso jugando con muñecos. Claro, si existiera dios, si fuera caprichoso, digo, y si tuviera muñecos –Por sus dedos se deslizaba alternativamente el vaso y el cigarrillo. Su mano repetía una y otra vez el ritual; ahora su dedo índice en un movimiento suave hacía caer cenizas en el borde del pequeño plato- sueño de Buda, libre albedrío… nosotros, hombres de maíz. Búsqueda de la explicación perfecta. Sophie. En el fondo seguimos siendo niños (¿como niños? no, niños) buscamos una explicación que organice el caos. “Dios ha muerto” ¿Será que ha muerto él o nos habremos muerto nosotros? ¿Qué queda de profundamente vital? ¿Qué nos queda? ¿Qué? ¿Comer? ¿Dormir? Soñar no, soñar es otra cosa, es otro modo, otra forma de SER-DIOS, es una perversa forma de vivir (esa sí) de vivir condenado a despertarse.“Grandes Verdades en Cuatro Volúmenes” estupidez de creer que se encuentra algo, de pensar que es posible reconocer algo como “LA-VERDAD”. ¿Qué pensará ella sobre mí? ¿Qué creerá? ¿Qué pensará ahora mismo, en este instante? Inútil cuestionarse. Límite de lo imposible. Entre ella y yo un mundo de palabras, nada más. Distancia y palabras: en mi cabeza, en la suya. Tal vez palabras que se conozcan entre sí y se toquen o jueguen a pasearse por nuestra boca en algún momento. Tal vez la noche, tal vez la luna que nos toca la cabeza y nos obliga a mirarla en algún momento. O tal vez la noche y una palabra. Nada más que eso resta… Delirio colectivo/personal: búsqueda de la palabra perfecta. Delirio colectivo/personal 2: búsqueda de la concreción de los sueños. Imposible/necesario. Punto neurálgico del absurdo que nos hace crecer pelos: buscamos la realización de un irrealizable, el equilibro de la perfección en un regreso al origen, en pedir perdón y volver al paraíso perdido (el psicoanalista diría que tengo problemas con mi madre) el mito necesario del retorno –Su cara estaba detenida en algún punto distante, mediado por la enorme ventana de vidrio. Lo inexpresivo en su rostro le daba un aspecto ausente- perfección y retorno, los límites hermanados. Regreso al origen, regreso a la armonía, regreso a la infancia. Claro, habría que ver entonces qué infancia. No esta infancia de malabarismo barato y obsceno en las esquinas. En todo caso, malabarismo torpe en los patios. Niñez y dinero no se tocan, no se pueden tocar ¿cómo carajo se me instala otra vez en la cabeza la palabra dinero? Desterrar palabra dinero: búsqueda de la perfección, retorno al origen (al tiempo sin tiempo) de lo desinteresado y prístino –A lo lejos, en una parada de autobús, se recortaba una figura de mujer, automáticamente pensó en Sophie- Otro retorno: Sophie –El brazo acodado en la mesa giró y ofreció la maño a su cabeza. Respiró lenta y hondamente- El problema entonces podría ser otro: la necesidad de explicarse exhaustivamente las cosas, de no poder vivir como una animal o un grosero; el problema, podría ser la disposición de las normas del juego; reglas en contradicción que hacen carne en nosotros. Pero otra vez palabras, otra vez necesidad de verbalización, de explicación de la realidad y las cosas, límite que me obliga a ser hombre (homo sapiens, doloroso) “Contienda entre dos llantos, robo de una sola ventura,/ vía indolora en que padezco en chanclos/ de la velocidad de andar a ciegas”… -Se le dibujó una mueca de sonrisa- curiosa paradoja literaria “lo que te lastimó, ahora te cura y da salud”]
Pensó en la otra noche, en un prostíbulo sucio con cualquier mujer; recordó otras habitaciones oscuras, otras calles tenebrosas de sexo instantáneo y aromas fuertes, desenvolviéndose como un animal solitario y seguro, avanzando sin prisa y sin destino (sin rumbo, sin plan)… No había nada. Ningún gesto de amor, de cariño. Nada. Detrás, la necesidad oscura de buscar el placer, de jugar como un niño hasta sentirse satisfecho, de dormirse de súbito sin proponérselo.
Entonces comprendió.
Podría haber sido ella o cualquiera. Detrás, Sophie. Un cuerpo tibio latiendo debajo de él; luchando suavemente contras los movimientos de su cuerpo. Besarla, tomarla suave, pasionalmente; con locura. Ahora se sentía tentado a pensar en eso (los recuerdos se mezclaban con los deseos futuros, una frontera móvil los desdibujaba). Entrar en un café, otro, repasar todos los detalles minúsculos mientras el cigarrillo se consume estéril, se desvanece en su boca, lo contamina y lo envuelve una y otra vez. ¿Por qué? -se preguntaba. Podría ser ella o cualquier otra: una noche, un hotel, la necesidad de encontrar el deseo y el placer en otro cuerpo. Su sexo se agitaba y lo obligaba a moverse en su silla reacomodándose.
Poseer su cuerpo una y mil veces, recorrer su piel lentamente con lengua felina, tomar fuertemente sus caderas, hundir las manos en su pelo y jalarla lentamente hacia abajo obligando a su cuerpo a arquearse, liberar su imaginación sobre ella, sin resistencia. Ella o cualquiera. Un cuerpo sin pasado, sin sombra, sólo eso. Lo excitaba el carácter animal de ese pensamiento, se sentía potente, feroz. Allí todo era posible. Recrearlo todo en su mente minuciosamente era una masturbación intelectual exquisita. Ahora todo estaba allí ¿La encontraría nuevamente? ¿Se ofrecería su cuerpo abierto y latente a su carne? No tenía sentido pensarlo. Otro cuerpo, otra sangre ardiendo era fácil de intuir. Casi no podía recordar otra cosa que escapara de los gestos de la cama. Casi no podía recordar haber hablado de algo sin el interés de seducir, sin la pose que brinda la mueca de la conquista; la exposición intelectual seducía y atraía (todo a un tiempo) el sexo opuesto, lo sabía. Todo era gesto, acción hacia un fin.
Pero él también podría ser cualquiera. Había, en todo caso, un ars erótica, una forma de poseer su cuerpo como una variable más de horizontalidad. La lucha –el choque de sangre y esperma- no escondía (no podía esconder) una posesión otra que lo atravesaba y lo vaciaba, lo convertía en un cuerpo mediatizado y estéril, con un interés remoto como un recuerdo que llega sin sentido, arbitrario y absurdo. Una noche, una llamada tal vez. Nada más. No había nada. La idea le creó un gesto estúpido y extraño. Se descubrió a si mismo con los ojos bien abiertos y las cejas levemente presionando su frente; la boca entreabierta. Él, ella, cualquiera. No había nada. No quedaría nada más que una huella en la memoria: frágil, breve, inútil.
Terminó su café, pidió la cuenta. La propina exacta quedó sobre la mesa. Tomó su abrigo, empujó con sus piernas a la silla obligándola a retroceder, se levantó y se perdió nuevamente en la calle tumultuosa y oscura como una corriente oceánica potente e ingobernable, sin voluntad, sin sentido, arrojada al azar y al viento.-
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