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| La dimensión ética | Ezra Heymann |
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Etica y axiología en el cambio de siglo
La dimesión ética
Ezra Heymann
El pensamiento filosófico del siglo XX comenzó con múltiples herencias, de las cuales quisiera destacar en primer lugar la fuerte corriente naturalista que se asentó en la segunda mitad del siglo XIX.Esta corriente fue grandemente estimulada por el éxito de las ciencias naturales y de su proyección en la vida cotidiana, pero no cabe desconocer en ella la persistencia de la antigua noción de physis, cuyo vigor no pudo ser debilitado a través de siglos por ninguna invocación de algo sobrenatural. Es ella la que marca más la continuidad que la ruptura entre el pensamiento moderno y el medieval, en el cual la teología tuvo que respetar, bien que mal, la idea de una naturaleza propia de los seres.
Por cierto, en la época moderna se afirmó en la investigación de los procesos naturales el triunfo de las causas eficientes sobre las finales. Sin embargo, que no se hable más de causas finales no implica que se deja de ver el organismo como un sistema cuya actividad contribuye a la preservación de una forma y en el cual, con las palabras de Kant, todas las partes son medios y a la vez fines para las demás, sirven a las demás y son a la vez servidas por estas.
LA EXIGENCIA RACIONAL
Esta idea de lo orgánico se mantiene en el pensamiento de Descartes (no solamente en su temprano Tratado del hombre, sino también en su Tratado de las pasiones del alma), ocupa un lugar central en la filosofía de Spinoza no menos que en la de Leibniz, es rescatada en el pensamiento tardío de Kant, juega un papel importante en el idealismo romántico postkantiano, es reivindicada de nuevo en la filosofía universitaria francesa a partir de Ravaisson, mientras que en la otra orilla del Canal de la Mancha y del Atlántico ha mantenido un vigor ininterrumpido el naturalismo dieciochesco. Cuando se trata de evaluar el alcance del enfoque organísmico en la ética, debemos reseñar igualmente la peculiar escisión entre las facultades humanas que recorre en diversas formas la historia de la filosofía y se hace sentir en el pensamiento de nuestro siglo.
Fueron el estoicismo y el epicurismo los que en la antigüedad apoyaban expresamente sus propuestas éticas en un señalamiento de la constitución natural primaria del ser humano. En la continuidad con las primae naturae está, en esta visión, la justificación de las actividades humanas superiores, el signo de su pertenencia integrada a nuestra vida. Somos recomendados a la razón por las primae naturae, lo que no excluye, sin embargo, que aquello a la cual somos recomendados llegue a sernos más querido que aquello que nos recomendó. Con esta feliz circunlocución reune Cicerón la reivindicación de la razón, propia de la filosofía clásica, con un enfoque opuesto al dualismo espiritualista que viene sugerido desde Platón.
Platón veía, por cierto, el bien humano en una justa proporción entre la parte cognoscitiva, la irascible y la sensitiva del alma. Pero con ello quedó en una doble luz la visión de la parte cognoscitiva. Su función es la de atender el conjunto en las proporciones que le son apropiadas, pero al ser sólo una parte del alma la que sabe, la razón atenta al conjunto se va deslizando hacia una razón soberana que por sí sola conoce la verdad y posee la rectitud. La independencia e insobornabilidad del juez se transforma en una autoafirmación de la instancia judicativa que llegará a asumir también la función legislativa. En su forma exacerbada, su expresión en la cita kantiana de Juvenal sic volo, sic iubeo, así quiero, así ordeno, ya roza la ironía, pues en Juvenal es utilizada para marcar la depravación de costumbres que él satiriza, haciéndole seguir las palabras: sit pro ratione voluntans (valga en lugar de toda razón, la voluntad).
LA OPOSICION SENSIBLE-ESPIRITUAL
Esto no significa que en Kant se pierde totalmente la función servicial de la razón. Kant señala que es innegable esta misión suya, de preocuparse por nuestra bienandanza, pero se apresta en seguida a añadir que tiene también una misión superior. Es igualmente bien conocido el pasaje en el cual se señala que ella queda desvirtuada si sustrae sus dictámenes a la discusión de ciudadanos libres, pero la noción de una razón legisladora y la de una razón que por su propia naturaleza necesita siempre ser una crítica, no llegan a reunirse. Más bien se reparten: la segunda queda alojada en la CRP, (crítica de la razón pura) mientras que la primera, en la CRPr (crítica de la razón práctica), ejerce una crítica sin tener que someterse por su parte a una igual. Sólo en sus últimas obras la exigencia racional vuelve a someterse en sus aplicaciones, a todos los efectos prácticos no menos que a los teóricos, a la facultad mediadora del juicio. Sin embargo hace falta comprender las motivaciones específicas de esta pretensión de soberanía de una facultad superior, y no verla solamente como una perversión. Desde el punto de vista de una axiología teleológica, es decir de funciones orgánicas, desde el cual lo ha planteado la filosofía clásica, la pretensión de autonomía de una función parece incomprensible. Por cierto, se puede decir que la exigencia racional es la de coherencia, y que por ello ella es la expresión formal misma de la búsqueda de unidad teleológica. Pero en esta perspectiva hablar de la autonomía de la razón se vuelve equívoco, ya que ella deja entonces de ser una instancia que impone a las demás su propia ley, para constituirse más bien en algo así como la moderadora dialéctico-conceptual en el diálogo entre las partes del alma, o las partes de la polis. Visto así, la razón no contiene en sí misma la información acerca de los ingredientes de la vida buena. En sí misma ella contiene solamente los principios de acuerdos posibles, aunque habría que agregar que también en este plano ella merece su nombre sólo si es capaz de aprender.
En una reflexión temprana, en el período llamado precrítico, Kant apunta: "Ya que usualmente nuestros anhelos sensibles están en oposición entre sí, se hizo necesario un juicio, que imparcial y separado de toda inclinación, esboce las reglas que válido para todas las acciones y para todos los seres humanos, produzca la mayor armonía de un hombre consigo mismo y con los demás. Hubo que poner en estas reglas la condición esencial bajo la cual uno podía prestar oídos a sus impulsos, como si la observación de estas reglas podía ser por sí misma un objeto de nuestra voluntad, que deberíamos perseguir aun sacrificando nuestra felicidad, aunque se trata solamente de su forma constante y confiable". (R. 6621)
Podemos decir entonces que el ejercicio del juicio práctico requiere un desprendimiento, una distanciación igual con respecto a cualquier deseo o inclinación. Estas son vistas en esta reflexión como siendo por sí solas desordenadas. Pero en otra reflexión (R. 6859), Kant especifica que el desorden apetitivo que comprobamos en nosotros no es originario, sino que proviene precisamente de la intervención de la reflexión, y es por esta razón que puede ser subsanado sólo al perfeccionar el entendimiento de su obra inicialmente caotizante, aunque inevitable en nosotros. Pero de todos modos, por encima de los valores correspondientes a la coordinación de las funciones orgánicas a través de las cuales nos relacionamos con el mundo ambiente, como lo son la templanza y la valentía, que son las virtudes de la medida y del vigor, se elevarán ahora los valores propios de la instancia judicativa distanciada. Obsérvese a este respecto que en Platón no se da siempre esta separación entre virtudes rectoras y otras que necesitan ser regidas. La sophrosyne y la andreia no están presentadas siempre como siendo de suyo desprovistas de juicio. Pero el esquema de la oposición entre lo superior y lo inferior, entre lo material, adherido a los deseos determinados, y lo espiritual desasido, se consolida como algo obvio, a pesar de la evidencia de que sólo por las relaciones mundanas e interpersonales sensibles adquiere el ámbito espiritual su contenido, y con ello su razón de ser.
Nos enfrentamos de este modo con la divergencia entre un discurso filosófico naturalista y uno que parte de una oposición entre el ámbito sensible y el espiritual. Se trata de una divergencia de articulación discursiva y no necesariamente de contenidos. Ella no coincide con la diferencia entre extroversión e introversión, ya que la interiorización de nuestras relaciones con el mundo es parte del discurso naturalista, que muy bien le puede conceder la más alta valoración. Por otra parte, el dualismo no es conceder la más alta valoración. Por otra parte, el dualismo no es necesariamente parte doctrinal de una ética adversa a una teoría naturalista.
Así, a comienzos de nuestro siglo, G. E. Moore se opuso a un planteamiento naturalista en la teoría ética, no partiendo del reclamo de un ámbito supranatural, sino postulando, en primer lugar, la posibilidad lógica y la pertenencia de plantear con respecto a cualquier descripción de un hecho la pregunta: ¿Y es bueno que sea así? Con ello planteó la separación radical entre cuestiones acerca de hechos (no importa que sean físicos o metafísicos), y cuestiones valorativos. Correlativamente postuló con ello, en segundo lugar, también una capacidad de percibir la bondad de un objeto, como una cualidad objetiva que en última instancia no puede ser deducida de sus cualidades naturales ni de sus relaciones naturales con nosotros. Estos objetos de valor intrínseco son en definitiva cualidades de la experiencia consciente misma, como lo son los afectos amistosos o el disfrute estético.
Pero no son estas valoraciones del integrante del grupo de Bloomsbury lo peculiar de su doctrina ética, sino la concepción del juicio de valor como una aprehensión de una verdad objetiva independiente, un juicio concebido como independiente de toda consideración de una estructura apetitiva constituida, de una naturaleza dada que reclama su solaz, de un ser que puede prosperar o deteriorarse y languidecer. Es en este sentido que podemos decir que el intuicionismo de Moore, a pesar de no tener como premisa un dualismo antropológico u ontológico de cuerpo orgánico y espíritu (como es el caso en el intuicionismo de Max Scheler), igualmente da por sentado una dualidad radical de deseo fáctico y valoración pura, desprendida del conjunto de la vida desiderativa.
Desde luego, es de fundamental interés para toda ética poder distinguir entre lo deseado y lo deseable en el sentido de lo que merece ser deseado, y poder de este modo ofrecer luces para la actividad permanente en la cual revisamos nuestros deseos y nuestras voliciones. Esta guia para la revisión de nuestra voluntad la piensa derivar Moore, como lo hará luego también Max Scheler, directamente de la intuición axiológica: lo debido, lo éticamente correcto es simplemente la orientación hacia la realización del valor superior factible por nosotros. Una respuesta tan sencilla como la fórmula de la escuela Leibniz-Wolffiana para el principio moral: fac bonum, una fórmula que le mereció a Kant el comentario lapidario: imperativus tautologicus. Pero mientras que los wolffianos, al vincular la noción del bien con la de perfección, le daban un sentido de integración o ajuste orgánico, en Moore, en Scheler o Nicolai Hartman el bonum queda entregado a la sola competencia del oráculo de la intuición, y toda pregunta que quiere comprender porqué algo es apreciado queda rechazada con el pretexto de que, so pena de un regreso en infinito, toda pregunta de este tipo debe parar cuando llegamos a un valor intrínseco.
UN CAMINO ABIERTO
Frente a este callejón sin salida, la filosofía pragmatista, a través del análisis realizado por Dewey, y la filosofía existencial, a partir de la analítica de Ser y tiempo, muestran o redescubren un camino abierto. Dewey, por cuanto replantea la relación entre medios y fines, y con ello también la noción de un valor intrínseco, con un aporte real a la dilucidación de una estructura de la práctica señalada primero por el Lysis platónico. Algo es querido, philon, observa Platón, o por sí mismo o por otra cosa. Si lo es por otra cosa, ésta a su vez será querida por sí misma o por una tercera. Ahora bien, la cadena explicativa no puede extenderse sin término, ya que sólo porque en alguna parte está en vista algo que es querido por sí solo se explican y se justifican los otros propósitos que integran la cadena. A este respecto despeja Dewey un habitual malentendido: no por ser visto y valorado algo en relación con muchas otras cosas deja de ser apreciado por sí mismo. En nuestras actividades nos proponemos metas; pero estas no son de ninguna manera puntos terminales de nuestra actividad, sino por el contrario, las proyectamos porque a partir de ellas se abre un abanico de actividades que nos interesan. Estas actividades son, en el sentido más amplio de la palabra, medios de vida (Lebensmittel, decía Marx en sus manuscritos parisinos), medios para el conjunto de actividades que constituyen nuestra vida. Sirven al conjunto vital más amplio y a su vez, son parte esencial de este conjunto. Es precisamente en su trascendencia, en el horizonte vital que abre, que apreciamos un estado intrínsecamente.
En forma análoga, en Ser y tiempo las cadenas, o más bien redes de significatividad y utilidad no terminan en ningún item particular, sino que son apreciados por la manera como se desempeña en ellas la existencia misma, el existir bajo la forma de poseer ya siempre una comprensión de sí mismo. Heidegger nunca menciona la oikeiosis estoica, pero se trata precisamente de esta familiaridad consigo mismo y de la relación consigo mismo bajo la forma del cuidado. Puede haber un bien y un mal sólo en el presupuesto de un ser al cual no le es indiferente este ser suyo, un ser al cual las cosas y circunstancias interesan en las múltiples dimensiones de su sensibilidad favoreciendo o desfavoreciéndola, aveniendo o desaveniéndose con sus capacidades.
De este modo, un bien y un mal presuponen una naturaleza constituida en la cual dejan huella las circunstancias y sus propios actos, es decir, que es condicionada por estos. Dada una cierta constitución, algo favorecerá objetivamente esta naturaleza y otras cosas la dañarán independientemente de las opiniones que se tenga a este respecto. Esto es obvio para la constitución orgánica, pero ¿no puede el ser humano precisamente disociarse de su constitución orgánica, hasta el punto de aceptar eventualmente su deterioro o destrucción en pos de ciertas concepciones o imágenes que lo fascinan, ciertas posibilidades que lo cautivan, o en nombre de una libertad, de un desasimiento concebido de manera radical?
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