Tal vez porque son casi la una de la mañana y por alguna razón (que aún no comprendo) mi vecino ha decidido que quiere ver nuevamente su programa grabado, o tal vez porque estoy cansado de un largo día de trabajo y aún me dura un poco el mal humor. Como sea, moldeo la bronca en mi cabeza y todo me lleva a la siguiente reflexión: ¿será que ha llegado el fin de la historia para el arte popular latinoamericano de calidad?
Las expresiones culturales de actualidad en Latinoamérica parecen oscilar entre el elitismo letrado más absoluto y radical, y las formas groseras, vulgares (y algo estúpidas también, hay que decirlo) que se afirman en estrategias de mercado que buscan lisa y llanamente vender, más allá de todo interés genuino en la comunicación. Curiosa paradoja: la comunicación de grandes masas deja de ser un medio que transmite información/cultura para convertirse en un fin publicitario en sí mismo. De tal forma que no importa mucho lo que se transmita: manda el rating, importa simplemente que se venda. Entre “sí señor, que bonita esa metáfora, me transmite al tiempo un gusto metálico y una sensación de libertad” y “Dejate de joder y no te hagas la loca, andá a enjuagarte bien la boca, me diste un beso y casi me matás de la baranda a leche que largás”; entre la pose sin gracia e insincera y el gesto más imbécil, la literatura, ya bastante adelgazada, se desnutre y agoniza. Y las formas simples se extienden hacia los culebrones vacíos de la tarde, se extienden como nube de ceniza y parecen atrofiar más y más la mente de miles de personas.
En este sentido, la tinellización cultural ejerce (sobre todo en el Río de la Plata) una fuerza centrípeta que absorbe, procesa y pauperiza todos los medios de comunicación abierta. Tinelli parece resucitar y multiplicarse infinitamente en otras bocas y caras que hablan un día y otro también de lo que sucede en “Showmatch”. A la sombra de ese gran hongo cultural se alimentan y sobreviven otros tantos de cientos productos similares y aún peores.
Cierto es también que existen elementos para intuir, razonablemente, que dicho proceso es bastante más amplio que el mero espectro rioplatense: los papeles de los personajes son, básicamente, los mismos, lo que cambia, en cada caso, son los actores que los representan. Basta observar al respecto el desempeño mediático que ha desarrollado (que sigue desarrollando aún mientras escribo estas líneas) el mundial de fútbol ¿Otra forma narcisista colectiva de afirmación de la identidad? “Nosotros somos los mejores”. Entre los saltos circenses y la estupidez desembozada, horas y horas transcurren ante los rostros pasivos e impávidos de cientos de miles de espectadores.
¿Es que soy yo? ¿Es que con el tiempo me estaré poniendo algo reaccionario y conservador aún creyéndome culturalmente algo avisado?
Sobre todo en los medios visuales, las honrosas excepciones a la regla (no sé por qué razones ahora pienso en “Prohibido Pensar”) no pasan de eso: excepciones. Por lo demás, basta simplemente un paneo (a cualquier hora): cuando no gana el lumpen, se perfila el ordinario; cuando no, el premio está en la simple pérdida de tiempo declarada sin tapujos: “Bendita TV, la mejor manera de perder el tiempo”[1]. ¿Acaso no existe talento verdaderamente latinoamericano de valor cultural serio? ¿O es que tal vez el público simplemente “quiere” ver “eso”? Sobre lo primero, la respuesta parecería obvia, del mismo modo que se pueden producir obras de calidad en el cine (“Whisky”, “Alma Mater” y la lista podría ser larga) o el teatro (pienso, por ejemplo en los textos de Gabriel Calderón) es fácil intuir que, con trabajo, se puede lograr también un desempeño inicialmente decente en la pantalla chica. Sobre lo segundo (lugar común, ciertamente) el asunto parece más simple y más breve: el gusto se forja a base de reiteración y de elecciones realizadas por los diferentes –y multiplicados- aparatos ideológicos forjadores de opinión. Pero claro, cuando las opciones se toman considerando más la cuenta bancaria que un norte cultural o un proyecto de construcción de identidad y cultura a largo plazo, los resultados están a la vista.
Por otra parte, dentro de cada territorio (y sobre todo si son países pequeños, como Uruguay) se da cobijo con demasiada frecuencia a lo “malo, pero nuestro”. No importa tanto qué tan destacado o inteligente sea un conductor de televisión –aún si conduce un informativo en horario central- no, lo que importa es su aspecto físico, la apariencia sobre la cual se va a viabilizar la comunicación. Sí, sí, sí, ya sé: Ud. está pensando que, como somos claramente sujetos icónicos, esto es un resultado lógico y previsible del estado de situación ¿pero por qué aceptar lo miope como correcto?
A estas alturas, cualquiera podría creer que estas líneas son solamente una expresión inútil de los devaneos de un letrado insomne, puede ser; la noche es atractivamente fría, lluviosa y serena; desde el estante frente a mí se insinúan los cuerpos de algunos libros ¿Será que no hay tiempo para un arte popular de verdadera calidad?
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